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Jesús
resucitado había dado cita a los Once en Galilea, mandándoles
decir: “Allí me verán” (Mt 28,10). Los Once fueron al monte indicado y
allí lo vieron, “y al verlo lo adoraron...”. No cabía otra reacción.
La apariencia de Jesús debió ser muy distinta que la última imagen que
ellos conservaban de él. Entonces lo habían visto maltratado,
golpeado, humillado, cubierto de sangre; “su aspecto no era ya el de
un hombre” (Is 52,14). Ahora lo ven lleno de vida y de belleza. Por
eso, “algunos dudaron”, dudaron de que fuera él. Pero toda duda se
disipó cuando Jesús comenzó a hablarles.
Debieron ser
impactantes sus primeras palabras: “Me ha sido dado todo poder en el
cielo y en la tierra”. Tener “todo poder en la tierra” es algo que tal
vez alguien podría pretender; pero Jesús no sólo tiene todo poder en
la tierra, sino también “todo poder en el cielo”. Esto nadie lo puede
pretender, fuera de aquel por quien y para quien todo ha sido creado (cf.
Col 1,16). Por eso ante el nombre de Jesús toda rodilla se dobla en
adoración, en los cielos, en la tierra y en los abismos (cf. Fil 2,10). +
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