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TEMA 13 Meditación para el Viernes Santo
Don Juan Robles Diosdado, Canciller – Secretario del Obispado de Salamanca nos presentó el pasado 23 de Enero el Tema XIII, dedicado a la meditación del Viernes Santo, siguiendo las palabras de J. Ratzinger. Mirarán al que traspasaron (Jn 19,37) Con estas palabras cierra el evangelista Juan su exposición de la pasión del Señor y con ellas abre la visión de Cristo en el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis. Entre ellas se recoge la crucifixión y la vuelta del Señor. Son palabras que nos hablan simultáneamente del anonadamiento del que murió en el Gólgota como un ladrón y de la fuerza del que vendrá a juzgar al mundo y a nosotros mismos. En el fondo, todo el evangelio de Juan no es sino la realización de esta palabra, el esfuerzo por orientar nuestras miradas y nuestros corazones hacia él. Y la liturgia de la Iglesia no es otra cosa que la contemplación del traspasado, cuyo desfigurado rostro descubre el sacerdote a los ojos del mundo y de la Iglesia en el punto culminante del año litúrgico, la festividad del Viernes Santo. Ved el madero de la cruz, del que cuelga la salvación del mundo. Señor, concédenos que te contemplemos en esta hora de tu ocultamiento y tu anonadamiento, a través de un mudo que desea suprimir la cruz como una desgracia molesta, que se oculta a tu vista y considera una pérdida inútil de tiempo fijarse en ti, sin saber que llegará un momento en que nadie podrá esconderse a tu mirada. Juan da testimonio de la lanzada al crucificado con una especial solemnidad que deja entrever la importancia que concede a este hecho. Da a conocer que Jesús, cuyo costado fue traspasado a la misma hora en que tenía lugar el sacrificio ritual de los corderos pascuales en el templo, es el verdadero cordero pascual, inmaculado, en quien por fin se realiza el sentido de todo culto y de todo ritual, y en quien se hace visible lo que en realidad significa el culto. El hombre sabe que para honrar a Dios de forma conveniente debe entregarse a él por completo. No hay nada que pueda sustituir en realidad al hombre; por mucho que éste ofrezca, siempre es poco. Dios, al que pertenece todo el mundo, nos quiere a nosotros mismos y desea que le adoremos con la actitud de un amor sin reservas. Mientras los corderos pascuales sangran el templo, muere un hombre fuera de la ciudad; muere el Hijo de Dios, asesinado por lo que creen honrar a Dios en el templo. Dios muere como hombre; se entrega a sí mismo a los hombres. Lo que sucedió a los ojos del mundo como un hecho exclusivamente profano, como el juicio de un hombre condenado por seductor político, fue en realidad la única liturgia auténtica de la historia humana: la liturgia cósmica por la que Jesús se presenta ante el Padre, a través de su muerte en el verdadero templo, entregándose a sí mismo como corresponde al verdadero amor, terminando con todos los sustitutivos. El velo del templo se ha rasgado y ya no queda más culto que la participación en el amor de Jesucristo, que es el día eterno de la reconciliación cósmica. A través de Jesucristo, Dios se ha puesto en nuestro lugar y ahora vivimos sólo de este misterio de la sustitución. Juan dice que un soldado abrió el costado de Jesús con una lanza (Jn 19,34) y, para ello, utiliza la misma palabra que emplea en el AT en el relato de la creación de Eva a partir de la costilla de Adán, mientras éste dormía. El misterio creador de la unión y el contacto entre el hombre y la mujer se repite en la relación entre Cristo y la humanidad creyente. La iglesia nació del costado abierto del Cristo muerto. Por tanto, el costado abierto es el símbolo de una nueva imagen del hombre, de un nuevo Adán. Jesús/Hombre – Auténtico: Jesús es el hombre verdadero, perfecto, al que debemos asemejarnos todos nosotros para llegar a ser realmente hombres. Jesús no es otra cosa que el movimiento hacia el Padre y hacia los demás hombres. Y es al mismo tiempo Hijo de Dios e Hijo del Hombre. El costado abierto del crucificado es el punto de partida del verdadero ser hombre del hombre. Mirarán al que traspasaron. Juan piensa que la Iglesia, en el fondo, toma su origen del costado traspasado de Cristo, incluso de otra forma distinta a como se ha expresado hasta ahora. Indica que de la herida del costado brotaron sangre y agua (Sangre-Agua/Bautismo-Eucaristía)). Ambas representan para él los dos sacramentos fundamentales, eucaristía y bautismo, que, a su vez, significan el contenido auténtico de la esencia de la Iglesia. El bautismo significa que un hombre se hace cristiano, que se sitúa bajo el nombre de Cristo; podemos comprender su sentido a través del hecho del matrimonio y de la comunidad de nombres que se origina entre dos personas. La eucaristía significa sentarse a la mesa con Cristo, uniéndonos a todos los hombres, pues al comer el mismo pan, no solo lo recibimos, sino que nos saca de nosotros mismos y nos introduce en él, con lo que forma realmente su Iglesia. Juan relaciona ambos sacramentos con la cruz, los ve brotar del costado abierto del Señor y encuentra que así se cumple lo dicho por él en el discurso de despedida: me voy y vuelvo a vosotros (Jn 14,28). Agua y sangre brotaron del cuerpo traspasado del crucificado. Así, lo que es primordialmente señal de su muerte, de su caída en el abismo, es, al mismo tiempo, un nuevo comienzo: el crucificado resucitará y no volverá a morir. Sobre la cruz de Jesucristo brilla ya el resplandor glorioso de la mañana de pascua. Resumen por Ángel Hernández Torres
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