TEMA 7

Cristianismo y Política

 

Tema especialmente importante el que tratamos el miércoles 21 de noviembre, más aún si tenemos en cuenta el ambiente que actualmente se respira en nuestra sociedad, con continuas declaraciones de políticos, teólogos o representantes destacados de la Iglesia Católica sobre el pasado político de nuestro país y su relación con nuestra religión.

Cristianismo y Política, un tema poco estudiado y debatido en el seno de las hermandades y cofradías y que gracias a Joseph Ratzinger por su artículo sobre el particular, y a nuestro Vicario General, Florentino Gutiérrez, encargado de su exposición en el curso, pudimos profundizar sobre los pormenores del mismo.

Para ello partimos de una realidad que, no por evidente, puede sorprender a algunos cristianos. La Iglesia, encarnada en Jesús, está a su vez encuadrada en la sociedad y por tanto en la política. No puede, por tanto, ser ajena a ella ni quedarse al margen de la misma. A partir de aquí, es necesaria una reflexión desde la fe en cuanto a la política se refiere, teniendo presente que siempre debemos acudir a la raíz, al principio. Dicho de otro modo, la clave entre fe y política se nos ha dado desde el principio y es por ello que la Iglesia no se queda en lo diario, en lo cotidiano, sino que hace su reflexión al nivel de los principios.

Para el Santo Padre, el Estado no constituye la totalidad de la existencia humana ni abarca toda su esperanza. El hombre y su esperanza van más allá de la realidad del Estado y más allá de la esfera de la acción política. Afirmación ésta que es válida para cualquier tipo de Estado, incluso cristiano. (El auténtico estado es el que no opta ni por una religión ni por otra - estado aconfesional- , limitándose a observar, escuchar y respetar).

Dicho esto, J. Ratzinger afirma con rotundidad que el Estado no es la totalidad. El hombre se le escapa de las manos al político; no todo en la vida tiene que pasar por la criba de la política.

Recordemos como el Estado romano ansiaba ser el totum de las posibilidades y esperanzas humanas; pretendía así lo que no podía realizar, con lo que defraudaba y empobrecía al hombre. Este totalitarismo le convertía en un estado tiránico. (Aún está presente en nuestra memoria estados totalitarios de nuestro continente, prometedores del “paraíso en la Tierra” y cuyo final todos conocemos).

Por ello, cuando la fe cristiana decae, vuelve a surgir el mito del Estado divino, porque el hombre no puede renunciar a la plenitud de la esperanza. Un pueblo sin Dios cae en el totalitarismo, en manos de los tiranos, produciendo un retroceso a un estadio anterior a la buena nueva cristiana. Y aunque vayan propagando como objetivo propio la liberación total del hombre, entran realmente en contradicción con la verdad del hombre y con su libertad, reduciéndolo a lo que él puede hacer por sí solo. Semejante política, que convierte al Reino de Dios en un producto de la política y somete la fe a la primacía universal de la política es, por su propia naturaleza, una política de la esclavitud.

La fe opone a esta política la mirada y la medida de la razón cristiana, que reconoce lo que el hombre es realmente capaz de crear como orden de libertad. La renuncia a las esperanzas míticas es propia de una sociedad no tiránica, y no es resignación, sino lealtad que mantiene al hombre en la esperanza. La esperanza mítica del paraíso inmanente y autárquico solo puede conducir al hombre a la frustración por el fracaso de sus promesas y por el gran vacío que le acecha; una frustración angustiosa hija de su propia fuerza y crueldad.

El primer servicio que presta la fe a la política es liberar al hombre de la irracionalidad de los mitos políticos, que constituyen el verdadero peligro de nuestro tiempo. La moral política consiste pues, en resistir la seducción de la grandilocuencia con la que se juega con la humanidad, el hombre y sus posibilidades. No es moral el moralismo de la aventura que pretende realizar por si mismo lo que es Dios. Por el contrario, si es moral la lealtad que acepta las dimensiones del hombre y lleva a cabo su obras.

Benedicto XVI sostiene que no existen dos tipos de moral política: una moral de la oposición y una moral del poder. Solo existe una moral: la moral de los mandamientos de Dios, que no se pueden dejar en la cuneta ni siquiera temporalmente. Sólo se puede construir construyendo, no destruyendo. Esta es la ética política de la Biblia, en toda su extensión.

Por  último, señalar que la fe cristiana ha destruido el mito del Estado divinizado, el mito del Estado paraíso y de la sociedad sin dominación ni poder. En su lugar ha implantado el realismo de la razón. El verdadero realismo del hombre se encuentra en el humanismo y en éste se encuentra Dios. En la verdadera razón humana se halla la moral, que se alimenta de los mandamientos de Dios. No puede existir una buena política sin el bien que se concreta en el ser y el actuar: solo donde el bien se realiza y se reconoce como bien, puede prosperar igualmente una buena convivencia entre los hombres. Una acción política responsable debe hacer valer en la vida pública el plano moral, el plano de los mandamientos de Dios.

Si esto es así, podremos comprender, como si a nosotros fuesen dirigidas, las palabras del Evangelio: No se turbe vuestro corazón. Porque por el poder de Dios estáis custodiados mediante la fe para vuestra salvación. (Jn 14,1).

                                                                                                                                                            Resumen por Ángel Hernández Torres

 

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