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¿Cómo puedo hablar con Dios?

Cuando rezan los creyentes, abren una brecha en el corazón de Dios, para quien nada es imposible. Es necesario para ellos,

como he escrito en la carta apostólica «Novo millennio ineunte», que se distingan «en el arte de la oración» (n.32), de modo

que todas las comunidades cristianas se conviertan en «auténticas escuelas de oración» ( n. 33).

 

Asistimos por desgracia con frecuencia a vicisitudes y acontecimientos dramáticos, que siembran en la opinión pública

desconcierto y angustia. El hombre moderno parece seguro de sí mismo, y sin embargo, especialmente en ocasiones

cruciales, tiene que vérselas con su impotencia: experimenta la incapacidad para intervenir y, por consiguiente, vive en la

incertidumbre y en el miedo. En la oración, hecha de fe, está el secreto para afrontar no sólo en las emergencias sino día

tras día los cansancios y problemas personales y sociales. Quien reza no se desalienta ni siquiera ante las dificultades más

graves, pues siente a Dios a su lado y encuentra refugio, serenidad, y paz en sus brazos abiertos. Después, al abrir el

corazón al amor de Dios, se abre también al amor de los hermanos, y le hace capaz de construir la historia según el designio

divino.

 

Queridos hermanos y hermanas, «que la educación en la oración se convierta en un punto determinante de toda

programación pastoral» («Novo millennio ineunte», n. 34). Es muy importante rezar todos los días, personalmente y en

familia. Que rezar, y rezar juntos, sea el aliento cotidiano de las familias, de las parroquias y de toda comunidad

Por Juan Pablo II_____

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