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HABLEMOS DE LA ESPERANZA Andamos estos días gozosamente leyendo, y subrayando, la última encíclica de Benedicto XVI “Spe salvi”, es decir, “Salvados en la esperanza”. Años atrás, en 2003, Juan Pablo II nos regaló otra encíclica sobre la esperanza, “Ecclesia in Europa”. Es evidente que esos grandes documentos papales marcan una dirección: la urgente necesidad de esperanza. Por ello queremos hablar de la esperanza. Como complemento a la doctrina pontificia, recordaremos otras reflexiones proféticas sobre esta segunda virtud teologal, auténtica tabla de salvación para todos: 1 – La grandeza de la esperanza. El pueblo llano dice que la esperanza es lo último que se pierde. Charles Péguy, poeta, ensayista francés y profeta de la esperanza, en El pórtico del Misterio de la Segunda Virtud, escribió: “La fe que más amo, dice Dios, es la esperanza. La caridad no me sorprende. Lo que me admira es la esperanza. Esa pequeña esperanza que parece de nada. Esa niñita esperanza. Inmortal… La Fe es una esposa fiel. La Caridad es una Madre. Una madre ardiente, toda corazón. La Esperanza es una niñita de nada. Que vino al mundo el día de Navidad. Esa niñita de nada. Sola, llevando a las otras, atravesará los mundos”. 2 – La necesidad de la esperanza. Hay muchas razones para esperar sin desfallecer a pesar de todas las adversidades. El cardenal Suenens, en Por qué soy un hombre de esperanza, confesó: “A quien me pregunta por qué soy un hombre de esperanza, a pesar de la actual crisis, les respondo: Porque creo que Dios es nuevo cada mañana. Porque creo que está creando el mundo en este mismo momento (…) Soy hombre de esperanza y no por razones humanas ni por un natural optimismo, sino sencillamente porque creo que el Espíritu Santo actúa en la Iglesia y en el mundo, incluso allí donde su nombre es ignorado. Soy optimista porque creo que el Espíritu Santo es siempre el Espíritu creador que ofrece cada mañana, a quien sabe acogerlo, una libertad nueva y una gran dosis de alegría y de esperanza (…) Yo creo en las sorpresas del Espíritu Santo. Juan XXIII fue una de ellas. El Concilio, otra. No esperábamos ni al uno ni al otro. ¿Quién se atrevería a decir que la imaginación y el amor de Dios se han agotado? Esperar es un deber, no un lujo. Esperar no es soñar, sino el modo de transformar un sueño en realidad”. 3 – Jesucristo es la esperanza. Esta es una cuestión clave. Aunque puede haber muchas y diversos fuentes para saciar nuestras “esperanzas”, solamente hay un único manantial para saciar nuestra “esperanza”: Jesucristo. Nuestra Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, en La esperanza cristiana, documento publicado el 1995, escribió: “Sentimos la urgencia y el gozo de recordar hoy a los cristianos de nuestros pueblos y ciudades la luminosa esperanza que brota de la fe en Jesucristo resucitado. Si esta esperanza se oscureciera o se disipara, ya no podríamos llamarnos de verdad cristianos; y perderíamos el sabor que nos convierte en sal para una tierra amenazada de insipidez y de falta de sentido verdaderamente humano para vivir. Por todo ello queremos anunciar de nuevo en medio de nuestro mundo la esperanza hecha carne: Jesucristo crucificado y resucitado. Queremos subrayar algunos rasgos de esta esperanza de la Iglesia, para que la alegría de los que ya la comparten con nosotros sea completa; y para que, de este modo, podamos ser realmente la sal que dé sabor a la humanidad y evite su corrupción. Porque el ser humano sólo se encuentra realmente consigo mismo cuando acoge a Jesucristo crucificado y resucitado: en él halla un motivo real para no vivir sin esperanza, aprisionado por el presente puramente vegetativo del comer y el beber, y para seguir luchando contra los poderes que hoy esclavizan al hombre”.
Florentino Gutiérrez Sánchez------ Sacerdote y Vicario de la Diócesis de Salamanca------
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